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La inversión acusatoria y la fabricación de víctimas

La inversión acusatoria resulta particularmente útil para explicar ciertos patrones de violaciones a los derechos humanos en contextos autoritarios o híbridos, donde la represión sistemática se legitima mediante la manipulación del discurso político.

En estos sistemas, la persecución de actores disidentes no se presenta abiertamente como un acto de represión. Por el contrario, se construye una narrativa en la cual el poder político se presenta como víctima de conspiraciones o amenazas externas, mientras quienes denuncian abusos son transformados discursivamente en agresores.

De este modo, el perpetrador de violaciones —detenciones arbitrarias, torturas, ejecuciones extrajudiciales o censura— aparece públicamente como defensor del orden institucional. La represión se redefine como una reacción necesaria frente a supuestos intentos de desestabilización.

La inversión acusatoria permite así invertir completamente el marco moral del conflicto: el victimario se presenta como víctima y las víctimas reales son convertidas en culpables.

CRIMINALIZACIÓN DE LOS DENUNCIANTES

Uno de los efectos más visibles de este mecanismo es la criminalización de quienes documentan o denuncian abusos del poder.

Defensores de derechos humanos, periodistas, organizaciones civiles y líderes sociales pueden ser acusados de actuar como agentes extranjeros, conspiradores o promotores de violencia política. Estas acusaciones permiten justificar investigaciones judiciales, detenciones arbitrarias o restricciones administrativas contra organizaciones independientes.

La narrativa oficial convierte entonces el acto de denunciar violaciones en una supuesta amenaza contra la estabilidad del Estado.

PERSECUCIÓN SELECTIVA

La inversión acusatoria también permite desarrollar formas de persecución selectiva dentro de grupos específicos.

En lugar de reprimir indiscriminadamente a toda la sociedad, el poder dirige acciones coercitivas contra actores visibles dentro de determinados sectores: periodistas independientes, líderes de organizaciones civiles, activistas o defensores de derechos humanos.

Este proceso suele seguir un patrón recurrente. Primero se construye una acusación pública que presenta a estos actores como responsables de conspiraciones o delitos graves. Posteriormente, el aparato judicial y los organismos de seguridad intervienen para respaldar la narrativa mediante investigaciones, órdenes de captura o procesos judiciales.

La narrativa política precede y legitima la acción represiva.

EL APARATO INSTITUCIONAL COMO INSTRUMENTO NARRATIVO

La eficacia de este mecanismo depende en gran medida del control institucional del aparato del Estado.

Cuando el poder domina el sistema judicial, los organismos de seguridad y los medios estatales, la narrativa invertida puede transformarse en decisiones institucionales que refuerzan su credibilidad. Las acusaciones propagandísticas adquieren entonces apariencia de procesos legales legítimos.

De esta manera, la persecución política puede presentarse como una reacción legal frente a supuestas amenazas al orden constitucional.

PROPAGANDA Y AISLAMIENTO SOCIAL

La inversión acusatoria también se apoya en una estrategia de propaganda destinada a aislar socialmente a los grupos perseguidos.

Medios de comunicación alineados con el poder, programas de propaganda y voceros oficiales repiten de manera constante las acusaciones contra determinados actores. La reiteración de estas narrativas busca producir rechazo social hacia las víctimas de la persecución y debilitar su legitimidad pública.

Este proceso puede generar efectos acumulativos: estigmatización social, pérdida de apoyo institucional y debilitamiento de redes de solidaridad nacional e internacional.

EL EFECTO DISUASORIO

Un elemento central de este mecanismo es su capacidad de producir efectos disuasorios más allá de los individuos directamente perseguidos.

Cuando algunos actores visibles son criminalizados o encarcelados, el resto del grupo percibe el costo potencial de denunciar abusos o participar en actividades críticas del poder.

La persecución selectiva se convierte así en una herramienta de control colectivo. No es necesario reprimir a toda la sociedad: basta con hacerlo de manera visible contra algunos individuos para generar un efecto de intimidación generalizado.

LA INTERNALIZACIÓN DEL DISCURSO EN EL PROPIO LIDERAZGO

Un efecto particularmente significativo de la inversión acusatoria aparece cuando la narrativa invertida termina siendo internalizada por los propios líderes del régimen.

La repetición constante del discurso oficial, combinada con el aislamiento político y el control de la información, puede erosionar progresivamente la distinción entre propaganda estratégica y convicción personal. En estas circunstancias, los actores del poder pueden terminar interpretando la realidad a través del mismo marco narrativo que originalmente fue diseñado como instrumento de manipulación política.

Un ejemplo reciente de este fenómeno puede observarse en el caso de Nicolás Maduro tras su captura y traslado a Estados Unidos en 2026. Desde su detención en el Centro de Detención Metropolitano de Brooklyn, diversos reportes periodísticos han señalado que el exmandatario ha insistido en presentarse como el “presidente constitucional” de Venezuela y ha denunciado su detención como un supuesto “secuestro”.

Según estos reportes, durante las noches en la prisión Maduro ha llegado a gritar que sigue siendo el presidente del país y que es víctima de una agresión internacional.

Este tipo de comportamiento puede interpretarse como una manifestación extrema de la inversión acusatoria internalizada. Durante años, el discurso oficial del régimen presentó al poder político como víctima de conspiraciones externas, agresiones imperialistas y supuestos intentos de golpe de Estado. Cuando ese marco narrativo se repite de manera constante y sin contradicción interna, puede terminar convirtiéndose en el principal lente a través del cual los propios dirigentes interpretan la realidad.

En estas circunstancias, la narrativa invertida deja de funcionar únicamente como una herramienta propagandística dirigida a la sociedad y pasa a convertirse en una estructura psicológica que también condiciona la percepción del propio liderazgo.

Este fenómeno revela una de las consecuencias más profundas de la inversión acusatoria: un sistema en el que la manipulación del discurso termina afectando no solo a la sociedad, sino también a quienes originalmente la utilizaron como mecanismo de control político.